Detrás de La mujer de la guarda

La semana recién pasada, buena parte de los exponentes y representantes
de la LIJ chilena se perdía por esas bellas callecitas de Bolonia y por los pasillos de la Feria del libro infantil más importante del mundo.

Un jardín.jpgY es que, además de promover nuestra producción, había 3 poderosas razones para estar ahí: El camino de Marwan, editado por Amanuta, obtuvo mención especial en la categoría New Horizons de los premios que anualmente otorga la feria. En el área de Ficción, Un jardín, editado por A buen paso, con textos de María José Ferrada e ilustraciones de Isidro Ferrer también destacó con una mención especial.

Pero no cabe duda de que la gran premiada para nuestro país fue La mujer de la guarda, que obtuvo el New Horizons, premio que destaca a la producción literaria fuera del ámbito anglosajón. De este libro, editado por la colombiana Babel libros, pueden leer mi texto de presentación aquí.

Ale y Sara.jpg

María, Sara y Alejandra en la presentación del libro. Créditos: Bologna Children’s Book Fair

 

En el marco de la Feria, Alejandra Acosta, Sara Bertrand y María Osorio se reunieron para presentar el libro.  Aquí, el texto que Sara Bertrand escribió para esa especial ocasión y que generosamente ha cedido a Pensando la LIJ:

La literatura es colectiva, nunca individual*

Acerca de La mujer de la guarda, por Sara Bertrand

Uno escribe. Es el recurso que nos queda porque, como dice Susan Sontag, escribir es una forma de leer y los escritores somos lectores impenitentes. Escribimos apegados a nuestras obsesiones, a aquello que nos perturba, lo que nos entusiasma. La pulsión tiene que ver con uno mismo, incluso es física, pero también metafísica. La mujer de la guarda no tenía edad, no pensé escribir una novela juvenil ni infantil. La escribí sintiendo que me sacaba un tumor enquistado en lo profundo de mi propia infancia y fue una sensación alucinante comprobar que algo de ese horror iba quedando afuera, en el papel.

Pero ese acto individual es un amplificador, porque la conversación propuesta en el libro forma parte de una conversación que hace algún tiempo están llevando en mi país los hijos de la dictadura. Esos niños. Nosotros. Y es esa meditación, su deglutido social, lo que constituye su pulso: los niños que fuimos obligados a hacer filas, a formarnos en el colegio, a temer a los militares, a arrancar cuando nos espantaban con agua y lacrimógenas; fuimos esos niños abandonados por nuestros padres, no porque fueran malos padres, sino porque la Historia (así, con mayúscula) se les vino encima como se viene cada vez que la humanidad va a hacer un cambio de paradigma. Se les vino encima con el peso de los gigantes que se apropian de lo que creemos que es nuestro. Entonces, nos vemos obligados a subir a la copa de los árboles para mirar más allá y poder sentir una tarde de verano. Como dice Ezra Pound es difícil entender una obra sin su época, sin la herencia que carga y La mujer de la guarda es depositaria de ese momento. Y en las crisis se sufre, se llora, se reniega.

Fuimos niños mientras ocurría el horror, mientras desaparecían chilenos y otros se escondían de las balas, nosotros estábamos ahí, asistiendo a la sorpresa, a las ganas de conocer el mundo. Nosotros buscábamos trepar a la copa de los árboles para descubrir grandeza en ese gris de fondo.

En La mujer de la guarda habla de Jacinta, una niña que pude haber sido yo, ansiosa porque algún adulto se acercara y me dijera al oído: “no te preocupes, yo estoy aquí”.

La mujer de la guarda la escribí junto a Álbum familiar, una novela publicada por Seix Barral y que habla de estos mismos niños, que luego son jóvenes y, más tarde, adultos, y que sobrevivieron para contarlo. Me gusta mucho cuando Primo Levi en ese bello libro que es Si esto es un hombre, afirma:

Nosotros, los supervivientes, no somos solo una minoría pequeña sino también anómala. Formamos parte de aquellos que, gracias a la prevaricación, la habilidad o la suerte, no llegamos a tocar fondo. Quienes lo hicieron y vieron el rostro de la Gorgona, no regresaron o regresaron sin palabras”.

Nosotros fuimos niños y ahora nos corresponde contar nuestra historia, y por eso digo que escribirla no solo fue un acto físico sino también metafísico, porque La mujer de la guarda pudo haber sido contada por cualquiera de los niños de la dictadura. Participa de esas palabras, de ese abandono, de esa soledad de una casa a oscuras, de esas horas de entretención a solas, de la necesidad de echar llave a la puerta para que la amenaza que yace en las calles no se cuele dentro de las casas. La niña Jacinta se las arregla con sus hermanos como se las han arreglado tantos niños en el mundo: contando cuentos, jugando, viviendo junto al horror la fantasía de los sueños.

Cada guerra tiene sus niños. Las crisis no son ajenas a nuestra humanidad y quizás al escribirlas aspiramos a elevar la voz para decir “nunca más”. Los niños de la guerra de Irak, de las guerras religiosas que se libran hoy, no son diferentes a los niños chilenos de la dictadura ni nosotros a los de las guerras mundiales de principio de siglo XX, hay algo que nos hermana y nosotros, los adultos de ahora, podemos hacer algo por ellos: contar sus historias.

*El título de este artículo está tomado del libro de Fabián Casas, El taller nómade.
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