La mujer de la guarda

Abrir este libro es un acto de fe literaria. Porque, sin previo aviso, nos cambian el paradigma de lectura, nos transforman todo lo que conocemos de libro y de álbum; pero uno sigue, porque es la Sara, es la Ale y es Babel. Algo bueno debe salir de aquí.

Abrir este libro es sumergirse en un universo onírico. No solo por el azul, que aparece de a poco, insinuando un misterio, sino porque, a diferencia de los otros libros, éste inicia su narración con 8 doblespáginas.

8 doblespáginas cargadas de historia, herméticas, misteriosas, inquietantes. Pero nos agarramos del azul. El azul es el hilo que debemos seguir, es la pista. Flores azules, un pájaro, un caballo, una silla. Y una soledad que hiela.

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Este libro inaugura la colección Frontera Ilustrada de la editorial colombiana Babel, que lleva más de 15 años editando libros infantiles y promoviendo la lectura. María Osorio, la editora, crea esta nueva colección que empieza y termina con ilustraciones.

Alejandra Acosta se encuentra con este mandato y hace magia con sus negros y azules, entregándonos un espacio de contemplación narrativa, un universo lleno de detalles, lleno pliegues por descubrir, que tiene el gran mérito constituir historia, de iniciar la narración escrita, pero también de interpelarla, de contrastarla, de superponerse a ella, completarla y ampliarla.

Las letras aparecen de la boca de la abuela de Jacinta. Ella será la encargada de contarnos el primer encuentro entre Jacinta y la mujer más bella del mundo arriba de su caballo azul. Un encuentro que duró solo unos segundos, pero que son suficientes para que la niña tome ese azul y, al igual que nosotros, los lectores, se deje guiar por él. Anhela el azul, espera que aparezca de nuevo, para decirle tantas cosas: que tiene miedo, que está sola, que extraña tanto a su mamá, que las mamás no tienen que morirse, que quiere volver a jugar, que necesita que su papá deje de esconderse en el trabajo.

La mujer de la guarda se lee con calma y en silencio para dejar aparecer todas las imágenes que nos son tan familiares. En un lenguaje que funde lo cotidiano y lo poético, Sara Bertrand nos sumerge en la historia de Jacinta y sus hermanos, transportándonos a esa infancia de bicicletas, de bolsón, de marraqueta con mantequilla y dulce de membrillo, de monitos en la tele, de leche con grumos. Y es por eso que uno le toma tanto cariño a este libro: porque sentimos el olor de la leche, porque vemos el amarillo brillante de la mantequilla derritiéndose en el puré de papas de verdad, porque una vez más estamos a escasos 30 centímetros de la tele, viendo monitos, esperando escuchar la voz que nos dice que nos pongamos más atrás porque vamos a quedar ciegos de estar tan cerca.

Pero al mismo tiempo, el azul nos transporta a un espacio sin nombre, a las antípodas de lo cotidiano, a esos intersticios de la realidad de los que tanto nos enseñó Cortázar. El azul nos atrapa en un ambiente inquietante que recorre todo el libro, que nos invade cuando las letras se vuelven azules y hay otro Martín que esta vez tiene hermanos, que viven en las copas de los árboles, y aparecen Ellos, con mayúscula, que no son monstruos ni gigantes. Y algo nos recuerda a la Casa Tomada y otra vez Cortázar.

El azul nos atrapa y nos tira hacia adentro cuando Jacinta quiere que la abracen porque su mamá le hace falta todos los días; cuando las sombras se alargan y la casa cruje, cuando Jacinta se contiene una y otra vez, porque tiene que cuidar de sus hermanos. Cuando sueña con cambiar las últimas palabras de su madre.

Cuando llegamos a las últimas 8 doblespáginas y seguimos aferrados al azul, nos espera la mujer de la guarda. Ahora el azul se ha ido expandiendo y los espacios ensombrecidos de la casa se cubren de flores y de hojas azules. Y hay una niña sobre la silla azul, igual que Martín, el de las copas de los árboles. Y ahí, a uno le cae la teja, y empieza a hacer el ejercicio de parear las imágenes del principio y las del final y todo tiene tanto sentido.

El caballo es la señal de que la mujer continúa ahí, y será ella quien, de ahora en adelante, se encargue de abrazar a Jacinta.

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La mujer de la guarda, Babel 2016 
Sara Bertrand & Alejandra Acosta

La tradición popular tibetana habla de una mujer, con un ojo en la mano que todo lo ve, que va sobre un caballo azul al lugar donde alguien la necesite. Es una mujer que sana, con sus dedos moviéndose como notas musicales. Las autoras hicieron crecer esta figura de una manera conmovedora, en un libro que logra que nos reconozcamos, en un libro que hacemos nuestro y que nos llama a volver a leerlo, a volver a mirarlo, para volver a estar atrapados en azul.

Bonus Track:

Primera soledad  

Armando Tejada Gómez

“Hoy mi madre no me quiso.

La he rondado horas enteras

vestido de capitán, de mago,

de marinero, pero nada,

no me quiso ni me ha pegado siquiera.

Salgo a morir al baldío

volteando todas las puertas.

Arde el sol en el silencio

amarillo de la siesta.

Ni gatos ni vigilantes.

Sólo la calle desierta.

¿Cómo me voy a morir

sin que mi madre me vea?”

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7 comentarios en “La mujer de la guarda

  1. Pilarica Echeverria dijo:

    Que bien que retomaste tu blog. Siempre es un placer leerte y un tónico fortalecedor para los que nos movemos en el mundo de la lij.

    Pilarica Echeverría

  2. Ana Luisa Tejeda dijo:

    hola
    Me encanta el trabajo de Alejandra Acosta, no he leído a Sara Bertrand pero por lo que dices tan potente y conmovedor, quiero salir corriendo a comprar La mujer de la guarda.
    Va un abrazo.

  3. Isabel J dijo:

    Hola.
    Llegué al sitio por esas casualidades que deja pasar el dedo índice por la pantalla del celular, y me encantó lo que encontré.
    Conclusión antepenúltima conclusión: volveré. “) 🎡

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