¡Feliz día del libro!

El día del libro debería declararse feriado. Así, podríamos leer todo el día, pasarnos de un libro a otro, ponernos al día con el alto de libros del velador o terminar –por fin- ese libro que se escabulle; que nos tiene atrapados, que no queremos terminar para no dejar de vivir a esos personajes entrañables.

Qué maravilla cuando pasa eso: no querer terminar un libro. Y llegar a la última página con un nudo en la garganta, con las manos apretando los bordes, cerrar el libro y cerrar los ojos para que esos nombres, esa tierra, esas palabras se asienten en nuestro espacio. Para que se queden.

Y después vienen esos deseos irrefrenables de volver a leerlo, pero hay tantos más que no hemos leído aún. Y sin embargo, volvemos. Tal vez solo a algunos párrafos; a buscar ese pedazo de palabras que resonó por días y noches, por la fuerza, por la poesía, por la textura, por el dolor infinito, por haberse quedado dando vueltas.

“La hermana muerte carga con una tarea que todos comprenden pero pocos perdonan. Sin ella, los hombres no mirarían al cielo en las noches claras. Tampoco cantarían. Sin ella no existirían el suspiro ni el deseo. Sin ella nadie en este mundo se ocuparía de ser feliz.” La saga de los confines, Liliana Bodoc.

–¿Crees que algún día árabes y judíos podremos volver a vivir juntos? —le preguntó Aya mientras se secaba las lágrimas.

—Sólo cuando haya tantos muertos que resulte insoportable una muerte más. Entonces los hombres se sentarán a hablar. Dispara, yo ya estoy muerto. Julia Navarro.

“Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca.” Preámbulo a las Instrucciones para dar cuerda al reloj, Julio Cortázar.

Vivirá entre nosotros ochenta años,

pero siempre será como si llega,

hablando lengua que jadea y gime

y que le entienden sólo bestezuelas.

Y va a morirse en medio de nosotros,

en una noche en la que más padezca,

con sólo su destino por almohada,

de una muerte callada y extranjera.

          La extranjera, Gabriela Mistral

“Debe existir un lugar donde solo pasen cosas que deseas que pasen.” Maurice Sendak

FELICES LECTURAS PARA TODOS.

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