Simplemente, Gabriela Mistral

No es fácil pensar claramente acerca de los autores favoritos. La sensación en la piel, en el corazón mismo, y esa fuerza superior que obliga a cerrar los ojos para paladear las palabras, los versos y declaraciones, son poco amigas de la objetividad que, tal vez, debiera primar en textos de este tipo. Pero hoy, cuando celebramos el cumpleaños número 126 de Gabriela Mistral, me permito la subjetividad y la admiración por esta inmensa mujer, sin dejar de lado que hablo desde la experiencia de muchísimas lecturas mistralianas.

Esa imagen pasada por agua, antiquísima y anquilosada de “maestra rural”, de “madre”, de “poetisa” –¿existirá una palabra más fea que esa?- ha sido sustituida, con mucha justicia, por la realidad: una mujer preocupada y con una voz válida frente a esos temas tan masculinos como son la política, la educación, el indigenismo y la política exterior, entre varios otros.

Felizmente, la presencia amplia de Gabriela Mistral ha pasado a convertirse en una costumbre en Chile desde el año 2007, cuando Doris Atkinson decidió donar el legado de Mistral al Estado. Y gracias a este legado, la intelectual chilena –usaré este adjetivo porque creo que Gabriela Mistral construyó su obra literaria a partir de sus ideas y de su pensamiento, no al revés- ha venido a ocupar, en parte, el lugar que merece en el escenario de grandes personajes.

Ya dejó de ser solamente la autora de “Piececitos” –poema que la escuela básica ha despojado de su enorme sentido- o la doliente mujer que perdió a Yin-Yin, con el consiguiente cotilleo acerca de su maternidad. Si bien por un momento los ojos, textos y averiguaciones se volcaron a su orientación sexual, me parece que, felizmente, hemos superado esa pequeñez y estamos siendo testigos de un (re)conocimiento abarcador de toda la obra y pensamiento de Gabriela Mistral. Este tiempo es una oportunidad para adentrarnos en su lengua, en su cosmovisión, en la estructura única de su pensamiento.

El gran legado ha venido a ser una ventana de la que manan palabras rebeldes, ideas consistentes y golpes de mesa de una mujer que a los 16 años –16 años en 1905- ya plasmaba sus opiniones en un diario regional del norte de Chile:

“Se ha dicho que la mujer no necesita una mediana instrucción. Y es que aún hay quienes ven en ella al ser capaz sólo de gobernar el hogar. Instruir a la mujer es hacerla digna y levantarla. Abrirle un campo más vasto de porvenir, es arrancar a la degradación a muchas de sus víctimas.” 

Y cuando la educación es uno de los temas centrales de la agenda política chilena, las palabras mistralianas de 1918, previas a su enorme aporte a la reforma educacional mexicana, llegan frescas y vigentes, con ansias y necesidad de ser escuchadas:

“Hemos cometido el inmenso error de hacer de los estudios literarios el centro de toda la enseñanza. Tales estudios son lujo para especialistas y los programas de enseñanza, como las leyes de un país, deben consultar las necesidades de las mayorías. La masa de un pueblo necesita capacitar, en breve tiempo, a sus hombres y a sus mujeres para la lucha por la vida. Hemos tenido la monstruosidad de enseñar durante 50 años los mismos programas con solo variantes pequeñas.

Durante este periodo de tiempo, enorme en relación con los progresos febriles de la época, se han dictado leyes que han cambiado la faz espiritual de la nación; han nacido nuevas ciudades y se han transformado las antiguas, y la enseñanza, que debe iniciar las renovaciones, se ha quedado tras de todas ellas.”

Gabriela Mistral es un personaje de presencia eterna y de una sabiduría que debiésemos consultar a diario. Su claridad y coherencia a la hora de manifestarse; su lenguaje preciso en el arte, y su poética compleja, cargada de una belleza que llega a doler de tan bella, la convierten día a día en una imprescindible.

“Mi cabeza no me responde bien como antes. Hay tardes en que no sé dónde estoy (y para lo que me importa…) Y tardes en que los recuerdos del Valle de Elqui me agarran como esos remolinos de aire a las hojas. Ahora, escribiendo estrofas de mi recado sobre Chile, huelo en el aire frío, atrapo sobre el frescor de la nieve, un aroma que llega roto por los pinares, y en el que reconozco las manzanillas que mi madre ataba para sus infusiones. Y me acude un aroma a brasero que es toda mi vida de maestrita pobre en escuela más pobre aún. Gracias a cada niño que me dijo, sin más, Gabriela, y a cada maestra que vio su oficio en mis gestos.

Se me va todo, se nos va todo. Apenas puedo despedirme…”

*Hay que estar atentos a los eventos que la Biblioteca Nacional de Chile, guardadora del legado de  Gabriela Mistral, ha organizado para este año, cuando se cumplen 70 años de su Premio Nobel.
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2 comentarios en “Simplemente, Gabriela Mistral

  1. Alma Muñoz a. dijo:

    Hermoso homenaje, el último parrafo me sacó lágrimas.
    Por otra parte, lamentable la educación en Chile, ella vio la misma realidad de hoy hace ya tantos años; es decir se ha avanzado poco y nada… y se sigue hablando y hablando sin resolver ni mejorar nada.

  2. Silvana de la Hoz (@silvanadlh) dijo:

    Excelente reflexión. Creo que Gabriela debe ser recordada y vivida desde esta perspectiva. Lo que ella afirma sobre la educación suena muy actual. Debe ser porque no solo suena, sino que porque realmente lo es.
    Estaremos atentos entonces a las actividades y homenajes que vengan.

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