ZORRO

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Zorro es de esos pocos libros que, desde sus guardas, comienza a apretarnos el corazón. Se intuye que algo viene, algo que, como lectores, sabemos que marcará nuestra historia lectora. Desde las guardas, el mérito es de Ron Brooks, el ilustrador, que supo tomar las palabras de la increíble Margaret Wild y, con sencillez abrumadora, nos abruma, nos angustia, nos intimida, nos emociona.

Wild da el primer golpe: Perro no ha cazado a Urraca, la ha salvado del fuego que consumió al bosque y su ala. La llevó a su cueva para que el terrible dolor de no poder volar nunca más lo viviera acompañada.

Pasan los días y las semanas y el escenario de Perro y Urraca son los matorrales y bosques que imaginamos y construimos desde las líneas y los colores de Brooks, que mantiene la mirada lectora en la expresión de los personajes.

Un día, Urraca despierta ahogada por la pena. Perro consuela, acompaña y permite que Urraca sienta, al menos, la sensación de volar. “Yo seré tu ojo perdido, tú serás mis alas”.

El día en que un pelaje rojo serpentea por entre los árboles, Urraca tiembla. La mirada de Zorro en su ala chamuscada la intimida, la asusta. Perro, con su ojo menos, no ve nada y, como haría cualquier perro, le ofrece albergue a Zorro.

“Puedo correr más rápido que Perro. Más rápido que el viento. Deja a Perro y ven conmigo”, repite Zorro, hasta que Urraca siente, sabe, que ir sobre el lomo de Perro no es volar.

El vacío al lado de Perro termina de apretar el corazón del lector, seca la garganta, moja los ojos. Urraca se ha ido con Zorro y ahora sí que vuelve a sentir la sensación de volar. Vuela por el monte, por llanuras, por salinas, por el desierto rojo, lejos.

 “Ahora tú y Perro sabrán lo que es estar verdaderamente solo.”

Este último golpe nos noquea y nos hace temblar de angustia porque Borges y la literatura como espejo nos explota en la cara.

Urraca piensa en Perro y, aunque sabe que sería fácil dejarse morir en el desierto, inicia, lentamente, sin volar, el camino de regreso.

 Zorro nos remece y nos deja pensando, como toda buena literatura suele hacer. Y, al cerrar el libro, sabemos que ya no somos los mismos.

Zorro, Margaret Wild; Il. Ron Brooks. Ekaré, 2005.

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