La marca LIJ

De marca LIJ

Esta semana, en el marco del Día de la Biblioteca, nos visitará en Santiago la escritora cordobesa María Teresa Andruetto, novelista, cuentista, poeta y también pensadora de LIJ. La escuché por primera vez en el seminario “El Placer de Leer”, realizado en Buenos Aires, en el año 2008. En esa oportunidad,  María Teresa expuso el texto Hacia una literatura sin adjetivos; texto y escritora a los que hoy recuerdo como excusa para esta nueva entrada.

Cuando comencé a idear este blog, uno de los primeros problemas fue el nombre que le pondría. No es fácil nombrar, porque el nombre determina y predetermina el contenido de lo nombrado. Al final me decanté por Pensando la LIJ porque me quiero ocupar de la literatura que está llana a ser leída por niños y jóvenes. “LIJ” ya es una marca, una etiqueta. No podemos decir “literatura infantil” sin agregarle el “y juvenil” pero, muchas veces, esa construcción moldeada nos lleva a perder de vista el sentido literario de la literatura que también es leída por niños y jóvenes.

La palabra literatura –así, a secas- se dice, se escucha, se lee y se escribe con la convicción de que en sus cinco sílabas está contenida la calidad de un escritor y la madurez adulta de un lector. Pero decimos, escuchamos, leemos y escribimos “literatura infantil” y, automáticamente, reducimos nuestro horizonte de expectativas. Para qué hablar de “literatura juvenil”, relegada al último espacio, donde solo queda el polvo remanente de la calidad.

Andruetto señala que esta categorización y rotulación “presupone temas, estilos y estrategias y sobre todo la marcada destinación y predeterminación de un libro con respecto a cierta función que se supone que éste debe cumplir. Se le atribuye a la literatura infantil la inocencia, la capacidad de adecuarse, de adaptarse, de divertir, de jugar, de enseñar y sobre todo la condición central de no incomodar ni desacomodar, y así es como están muy poco presentes otros aspectos y tratamientos y cuando lo están aparecen con demasiada frecuencia teñidos de deber ser y obediencia temática o de sospechosa adaptabilidad curricular.” Y, lamentablemente, muchos ‘escritores’ que se dedican a escribir literatura ‘infantil’, construyen historias que caen en esta mal entendida inocencia –que desemboca finalmente en historias ridículamente ingenuas- y en una mórbida pasarela de valores –ya que la literatura infantil tiene que enseñar algo.

Es necesario que dirijamos nuestros esfuerzos a una literatura sin adjetivos o, al menos, a una literatura que, aunque se apellide infantil y juvenil, deje de cargar con el estigma de ser una literatura menor.

Para eso, necesitamos escritores que conciban a los niños y jóvenes como los seres humanos que son y no como sujetos maleables al antojo de palabras bonitas, de ilustraciones en colores pasteles, llenas de luz y de brillo. Necesitamos autores que desafíen, que estén a la altura de los temas que nos importan –tanto a niños como a adultos- y que sean lo suficientemente artistas para tratarlos con una estética que apele a la sensibilidad pero también a la intelectualidad del lector.

Pero, sobre todo, necesitamos mediadores capaces de reconocer la literatura infantilista –esa que subestima a los niños porque al parecer ellos carecen de inteligencia, emoción, sentido estético- de la literatura plena de sentido, que nos permite –tanto a adultos como niños y jóvenes- conocer(nos), descubrir(nos) y comprender(nos).

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