El mágico mundo de Disney

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Hoy llegó a mis manos una maravilla de libro. Lo había encargado hace tanto tiempo que no tenía ni idea de lo que era, hasta que lo abrí. Por lo tanto, la sorpresa y la felicidad fue mayor: La Colección completa de historias y poemas de Winnie the Pooh.

Sí, todas las aventuras de Winnie the Pooh, Tiger, Piglet. Un clásico de la Literatura Infantil, creado por Alan Alexander Milne en 1926. Para mí también fue un shock saber que el osito amarillo no era de Disney y que no había sido creado para ser una serie de dibujos animados.

Tal como mi generación, las de antes y las de después de mí, yo crecí con Disney: con sus películas, sus canciones, sus princesas, sus finales felices. Sabía que don Walt no había creado La Sirenita o La Bella Durmiente o La Cenicienta, pero fue toda una revelación descubrir que las versiones originales de estos cuentos eran completamente distintas a las escenas luminosas enmarcadas en cantos de pajarillos, con ardillas felices revoloteando por el bosque, pececitos y cangrejos consejeros y hermanastras que, como por arte de magia, se vuelven buenas.

Y leer las versiones originales, cargadas de crueldad, sin finales felices obligatorios, fue aún más impactante.

Gian Maria Bruzzone da en el clavo: “En un principio, solo había cuentos. Después llegó Walt Disney. Un encuentro, por así decirlo, “fatal” y necesario, lleno de implicaciones y de intercambios mutuos”. (CLIJ 15, p.24)

Lamentablemente, el mundo mágico de Disney tomó, desarticuló, mutiló y transformó los cuentos tradicionales europeos de Perrault, de los Hermanos Grimm y de Andersen, convirtiéndolos en un producto que ha extendido sus tentáculos rosados hacia toda la imaginería infantil, generando un acostumbramiento a historias predecibles, a aventuras simplistas que no desafían ni proponen nuevas lecturas; a finales felices seriados y homogéneos. Una “ética doméstica”, como la llama Oreste de Fornari, alejada de cualquier indicio de problemática: “Sus dibujos animados revelan […] huellas de un humorismo cándido, todo lo contrario que transgresor, enfocado a suscitar el consenso de las masas hacia sus productos. […] O sea, ninguna estridencia, ningún gesto de sufrimiento, moderación y buen sentido distribuidos a manos llenas, cuatro carcajadas en familia y, luego, todos a la cama tras una de trabajo.” El contexto: década de 1930, con una sociedad norteamericana sumida en la Gran Depresión, con el presidente Roosevelt tratando de devolver la confianza.

Los cuentos tradicionales originales presentan un mundo que cuestiona la ética, con escenarios sociales disímiles, con situaciones que desafían al protagonista y cuyos desenlaces no son predecibles, entregando una riqueza y potenciando un desarrollo del imaginario infantil que Disney no logra. Claramente, un tema que da para mucho.

La imagen es de Dina Goldstein
  Si quieres leer la versión original de La Sirenita,haz click en La Sirenita
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